domingo, 13 de marzo de 2011

El día que...

Primera Parte.
El miedo se para enfrente mío. Puedo verlo cara a cara. Y no llega sólo. El dolor, la angustia y la desesperanza, sus leales secuaces, también se presentan. Me rodean. No me atacan directamente, prefieren verme sufrir. Hay tiempo todavía para asestarme el gole. Sin embargo, siento como sus miradas penetran directo en mi corazón. Y el frío empieza a invadirme. Un frío de muerte que me paraliza. Y es entonces cuando siento un silencio que oprime todo mi ser. Un silencio que anuncia el fin de mis sueños.
Durante unos minutos, ví como me sonreían burlonas, seguras de mi derrota.

Segunda Parte.
Pero hubo un grito que rompió ese silencio. Un grito que me contagió, y que brotando de mi corazón, resonó en mi garganta, rompiendo el hechizo del frío. Fue un grito de desahogo, de esperanza, y también de guerra. Un grito de vida. Como un elixir de vida, lleno todo mi ser. Estaba eufórico y comprendí que también estaba vivo. Más vivo que nunca. Que no estaba dispuesto a renunciar a mis sueños tan fácilmente. Y me preparé para batallar, para no dejar que esos monstruos volvieran a poseerme.
Y con un nuevo grito de guerra, me decidí a defenderme con el alma y el corazón. Un nuevo grito que resonó en todo el mundo, coreado por miles de gargantas, transformadas éstas en el canal de emociones.

Tercera Parte.
Y me preparé para la batalla más dura de toda mi vida. La tensión se apoderó de mi cuerpo, agarrotando mis músculos. No podía quedarme sentado, me paré y camine lo que me parecieron kilómetros y kilómetros. Las piernas me temblaban, pues una vez que había conocido a mis enemigos, no podía dejar de imaginarme su vuelta. Temía que ese momento llegara. Con el correr de los minutos me fui calmando, tratando de dominar mis sentidos y mi ser. Entonces, mi sueño se presentó ante mí, pude verlo y casi tocarlo. La emoción y la felicidad empezaban a contagiar cada célula de mi ser, cada rincón de mi mente, cada fibra de mi corazón. Y de pronto comprendí que no debía caer ante esa ilusión puesta en mi mente por el enemigo; quería engañarme, para que mi caída fuera más dolorosa. Recordé un antiguo mandamiento de mi tribu, de no dar por ganada la batalla hasta la muerte de mi enemigo. Y despejé de mi cabeza esas imágenes. Entendí que mi sueño estaba cerca, que podía ser realmente bello, pero que no debía darlo por hecho. Que la batalla iba a ser dura. Y nuevamente los músculos se tensionaro en espera de la señal.
Seguía caminando por grandes distancias, aunque no me había movido ni un milímetro de mi lugar. Sentía que mi cuerpo no podía soportar el peso de tanta tensión. Me agaché para tratar de serenarme y encontrar el rumbo. Entonces, sentí una presencia a mis espaldas.

Cuarta Parte.
Me di vuelta, y allí estaban ellos nuevamente. Pero ahora, eran un sólo monstruo, que se mostraba en todo su esplendor. Gigante y aterrador. Más poderoso y peligroso que antes. Y el tiempo se detuvo. Nuevamente el silencio se iba apoderando de mí, mientras el monstruo me inmovilizaba con sus garras. Notaba como el frío iba extendiéndose desde el corazón hacia todas mis extremidades. Cerré los ojos, esperando el zarpazo mortal de mi enemigo, cuando comprendí que no era una manera digna de morir. Mejor verlo a la cara mientras me devoraba. Y cuando abrí los ojos, a pesar de todo el temor que invadía mi cuerpo, un grito de alivio hizo desaparecer esa ilusión. Temblé, pues sabía que mi enemigo estaba listo para venir a saciar su apetito con mis sueños y esperanzas.
Luego de unos instantes que parecieron eternos, comprendí que habían sido mis sueños y esperanzas quienes habían vencido al monstruo. Eran demasiado grandes para él. Y me sentí protegido. Sentí nuevamente el dolor de mis piernas agarrotadas de tanta tensión. Pero en el pecho tenía un talismán que me permitía mantenerne vivo. A la espera de la señal.
Al alzar la vista, pude encontrarme con el rostro de otros miembros de mi tribu. Y al ver esos rostros cansados, tensos y sudorosos, comprendí que sus enemigos y sufrimientos habían sido los mismos. Pero que también sus sueños y esperanzas los habían hecho salir victoriosos. Y me vi reflejados en ellos. Y el tiempo, que se había detenido como por un hechizo ante la aparición de este ser, volvió a correr nuevamente cuando entre todos, lanzamos nuestro grito de guerra, convencidos esta vez de que la victoria era nuestra.

Quinta Parte.
Y vimos la señal. La señal que habíamos deseado y esperado era por fin dada. Y como si fuera un dragón que sale de su cueva, la alegría brotó desde nuestro corazón extendiendo sus alas por todo nuestro cuerpo. El pecho, ese cofre en donde se guardan y sienten todas las emociones, abrió su tapa para que nuestros sueños salieran y formaran parte de la realidad. Los sentidos se perdieron, desbordados por la alegría. Veo cara pero no distingo cuales. Escucho voces y ruidos, pero no entiendo qué dicen. Siento abrazos, pero no se de quiénes son. Y entonces, nuevamente el tiempo se detiene y se hace presente el silencio. Pero un silencio distinto, diferente. Es la pausa que necesito para serenarme. Vuelvo a la realidad, y ahora sí, puedo recordar cada detalle.
Así viví el día que Estudiantes salió Campeón de América


Nota:
Primera Parte: Minuto 51, Henrique pone Cruzeiro 1 - Estudiantes 0
Segunda Parte: Minuto 56 y Minuto 72. Gastón Fernández y Mauro Boselli, ponen arriba a Estudiantes 2 a 1.
Tercera Parte: Minutos 72 a 85. Estudiantes domina el partido.
Cuarta Parte: Minuto 86. Thiago remata desde fuera del área y la pelota pega en la unión del travesaño y el palo derecho de Andújar.
Quinta Parte: Minuto 93. Chandía marca el final del partido y Estudiantes es Campeón.

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